En la historia de la humanidad el hombre tardó poco tiempo en percibir que los descendientes adquirían ciertas características de sus progenitores. Pronto se dieron cuenta de que los caracteres se transmitían de unos individuos a otros, y las primeras comunidades no tardaron en perfeccionar técnicas de cruzamiento con animales domésticos y cultivos que dieron como resultado variantes de especies altamente selectivas para los requerimientos buscados. Asunto aparte fue comprender el cómo de este proceso. Esta pregunta, aunque estuvo siempre en la mente de filósofos y científicos a lo largo de la historia, no sería resuelta de manera acertada hasta finales del S. XIX.
Fue en esa época cuando en los jardines de un monasterio de la República Checa, fueron sembrados los acertados primeros pasos de la genética actual de la mano del monje agustino Gregor Mendel, a través de una serie de experimentos realizados de manera meticulosa, brillante y por desgracia muy discreta de cara a la comunidad científica de la época.
Para su trabajo Mendel escogió la planta del guisante, y durante años estuvo seleccionando aquellas variantes con características puras fácilmente identificables. Finalmente seleccionó seis características, como el color de la flor (púrpura o blanca) o el de la semilla (amarilla o verde).
Cuando Mendel cruzó plantas púrpuras con plantas blancas, observó que los descendientes poseían todos flores púrpuras. ¿Qué había pasado con el color blanco? Para averiguarlo Mendel dejó que estos descendientes provenientes de progenitores de flores púrpuras y blancas se autofecundaran. Observó que en esta segunda generación de nuevo aparecían entre individuos con flores púrpuras, algunas plantas con el color blanco. Por lo que dedujo que los caracteres que permanecían en la primera generación como el color púrpura eran caracteres dominantes, mientras que los que reaparecían en la segunda generación eran recesivos.
En la actualidad a las formas de manifestarse los genes, como por ejemplo el color en la flor del guisante, se les conoce como alelos. Y se sabe que algunos son dominantes frente a otros de carácter recesivo. Los alelos dominantes se simbolizan con una letra mayúscula, y los recesivos la misma pero en minúscula. En el color de la planta, el púrpura sería “B” y el blanco la “b”.
Mendel repitió la experiencia tanto con ésta característica, como con las otras seleccionadas, y observó que la proporción en la segunda generación de la característica estudiada se acercaba a 3:1, en favor del caracter dominante. Esto es, de todos los individuos de la segunda generación, se cumplía que aproximadamente por cada 3 plantas de guisante con flor púrpura, había una con flor blanca. Esto fue lo que le llevó a pensar de manera acertada a Mendel que los caracteres se encuentran en cada individuo de manera discreta y a pares (los alelos comentados antes). En el momento de la generación de las células sexuales estos factores se separan, se segregan, portando cada célula uno de ellos. Esto se conoce como el principio de segregación.
Actualmente se sabe que la mayoría de los animales y plantas presentamos doble dotación de cromosomas, una copia por cada progenitor. Las células sexuales en cambio portan la mitad, de forma que al formarse el cigoto el número de cromosomas vuelva a conservarse. En cada copia hay un alelo para cada gen, este puede tener carácter dominante o recesivo. Tanto si un individuo posee ambos alelos dominantes, como en el caso de las plantas de judía con flores púrpuras BB, como si porta un alelo dominante y otro recesivo, como en la primera descendencia Bb, se manifestará el carácter dominante, esto es el color púrpura. Sólo en los casos en los que ambos alelos sean recesivo se manifestará este carácter, en este caso el color blanco, que sólo lo manifiestan los individuos con los dos alelos b (bb). En la segunda generación de la planta de guisantes lo que sucedía era lo siguiente:
Por eso sólo una de cada cuatro plantas tenía la probabilidad de ser blanca. Uno de los aciertos de Mendel fue usar las matemáticas y la probabilidad en sus estudios ya que los alelos que portan los descendientes es una cuestión de probabilidad. Algo parecido a contemplar las posibilidades que hay de que salga cara o cruz al tirar una moneda: realmente existe un 50% de posibilidades de una u otra opción, pero solo lanzando la moneda un gran número de veces lograremos a acercarnos a este porcentaje.
Por desgracia Mendel murió sin que sus resultados transcendieran. Solo treinta y cinco años después de su publicación, su trabajo fue redescubierto por investigadores que estaban trabajando en la misma línea, y descubrieron con sorpresas que la mayor parte de su trabajo ya había sido realizado con anterioridad por Mendel.


