Genética de la respiración celular gracias a las madres

Al ser humano para organizar mejor los conceptos nos gusta crear reglas bajo las que encajar los diversos interrogantes que la Naturaleza nos ofrece. Así surgen reglas universales que rigen nuestras pautas para crear conceptos. A esto no escapa la genética, donde existen varias de éstas reglas, como es que el código genético es universal, o que la información que marca nuestras características procede de la recombinación del material genético de nuestros progenitores.

Pero la Naturaleza tiene sus propias reglas, y muchas veces, como en esta ocasión, nos demuestra que somos nosotros quien debemos ajustarnos a ella, y no al revés. Estas dos reglas genéticas que parecían inquebrantables se rompen en un lugar no muy lejano al núcleo de todas las células eucariotas, en las mitocondrias.

Las mitocondrias son orgánulos que toda célula eucariota posee, y su cometido es generar energía, rompiendo moléculas y consumiendo oxígeno. La energía que se libera, es guardada por la mitocondria en pequeñas moléculas llamadas ATP, necesarias en prácticamente todos los procesos celulares. Es la llamada respiración celular, la respiración digamos más verdadera. Al fin y al cabo el oxígeno que “respiramos” no tiene más fin que éste.

Las mitocondrias poseen su propio material genético, que no proviene del material hereditario residente en el núcleo de la célula. Es independiente a él, como la propia mitocondria, la cual se divide casi de forma independiente con la célula durante la división celular. Su ADN tiene características que lo asemejan más al de una bacteria, un procariota, que al de un eucariota. La forma misma de las mitocondrias nos recuerda a un procariota.

Y puestos a ser particulares, la mitocondria tiene ciertas formas de traducir el mensaje escrito en su ADN que no sigue la regla universal. Le da otro sentido a las palabras escritas en el mensaje que escapa a la pauta general. Todas estas evidencias han hecho pensar que en realidad las mitocondrias fueron parásitos de las células eucariotas en fases muy tempranas de la evolución. De este parasitismo ambas partes salieron beneficiadas. La célula eucariota primigenia por un lado encontró una fuente de energía para sus procesos celulares y la procariota un ambiente protector y fuente de alimento en un entorno aún muy hostil para la vida. Por lo que, si había beneficio mutuo dejaba de ser un parasitismo para ser una simbiosis, de ahí el nombre de la teoría endosimbióntica.

Tan independientes son las mitocondrias que se podría decir (aunque no es del todo cierto) que incluso pasan de lo que pueda opinar el padre en todo este asunto. Y es que en la reproducción sexual el espermatozoide tan solo inttroduce en el óvulo su núcleo celular dejando fuera el resto por lo que el ADN de las mitocondrias que poseemos son fruto exclusivo de la aportación de nuestras madres. Esto no parece ser solo característico del hombre sino que se da en muchas especies animales y también vegetales con reproducción sexual.

Por tanto el ADN mitocondrial no sufre procesos de recombinación genética, lo que le da una alta conservación en el tiempo, su herencia no sigue las reglas mendelianas, y su variabilidad tan solo proviene de las posibles mutaciones que sufra. Características éstas que las hacen especialmente útiles para estudiar genética de poblaciones, siguiendo la máxima de que a más diferencias en este ADN más lejos se estará de determinado grupo o etnia. Más que recomendable es echar un vistazo a este enlace de la Wikipedia, donde en un breve párrafo se describe el trabajo del profesor Bryan Sykes “Las siete hijas de Eva” por el que se concluye que las poblaciones europeas actuales provienen de siete clanes femeninos.

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